El Inspector

Era usual conseguirlo en cualquier parte de la ciudad. En una de las salidas de la estación, en una de las esquinas del edificio que por muchos años fue el más alto del continente, o simplemente caminando por una de las dos costaneras del Río Grande.

Al reconocerte como alguien conocido de vista, siempre exclamaba  – ¡Saludos Jefe! ¿Cómo está todo por allá?

No se sabe si su nombre se lo debía a su actitud jovial y despistada, a su gorro y traje marrón de grandes bolsillos o simplemente a su prominente y particular nariz, tan característica del Inspector de la Pantera Rosa. Aunque quizás no sea por eso, en esta ciudad, esa nariz puede ser bastante común.

Siempre parecía muy aseado y nunca olía mal, sin embargo lo que mas destacaba de su imagén eran sus grandes, desnudos y negros pies. Caminaba descalzo por todas partes y extrañamente te lo podías conseguir, literalmente en cualquier lugar.

Muchos bromeaban diciendo que en realidad, él era Dios. Precisamente por esa cualidad de omnipresencia, pero quizás era solo un loco o tal vez alguien que decidió vivir su vida desde una perspectiva muy particular y personal.

Al encontrarselo, muchas personas se le acercaban luego del – ¡Saludos Jefe! ¿Cómo está todo por allá? – y le daban algunos billetes. Él lo tomaba, lo doblaba y lo guardaba en uno de sus grandes bolsillos. Otros le regalaban cualquier cosa, algo de comida, una chuchería o simplemente le ofrecían el perodico del día.

Tenía una extraña dinámica social o comercial que por lo visto solo él entendía. La comida la regalaba más adelante a alguién que según su criterio la necesitaba más, los dulces se los daba a alguna chica que regularmente resultaba ser muy bonita y los periódicos los dejaba más adelante en algún negocio u oficina. El dinero lo prestaba a quién se lo pidiera, aunque no se sabe si en algún momento se lo llegaron a devolver.

Había muchas y diferentes historias sobre su vida. Unos decían que su esposa lo había abandonado y se llevó a sus hijos dejándolo solo, otros contaban que en realidad vivía con su familia, era muy adinerado y contaba con  muchas propiedades, pero le encantaba vagar por la ciudad con sus pies descalzos. No faltaba quienes decían que se había vuelto loco al perder a su familia en un accidente y otros que perdió la cordura durante la última recesión, al perder su negocio y quedar en la quiebra.

Nadie sabe cuál es su verdadera historia, quizás no es una sola. Tal vez todas son ciertas y no es un solo Inspector, sino muchos, que van heredando el traje y el puesto como San Nicolás.

Yo hace tiempo que no lo veo, no recuerdo desde cuando. Creo que fue desde los días en los que perdí mis zapatos y me dediqué a caminar.

Néstor León – 27/08/2020

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